ReportajesVivir de la madera sin liquidar la selvaPor Mario Osava, enviado especialEl
manejo forestal permitió multiplicar por 20 el valor de los bosques
nativos del amazónico estado de Acre, Brasil. Pero, ¿cómo viven quienes
se dedican a la extracción sostenible de madera selvática?
RÍO
BRANCO, Brasil, 18 oct (Tierramérica).- La familia Zolinger, típico
ejemplo de las que emigraron del sur de Brasil a la Amazonia en busca de
tierras y fortuna, tiene ahora una segunda oportunidad como extractora
de madera, tras contribuir a la devastación de los bosques de Rondônia,
donde se establecieron en 1979.
“Acá tenemos trabajo por lo menos
para 15 años”, señaló Sergio Zolinger, de 39 años de edad, 23 de ellos
dedicados a la actividad, refiriéndose al Bosque Estatal de Antimary, en
el noroccidental estado de Acre, cuya explotación desde 2005 se realiza
según un manejo certificado.
La madera que de él se extrae se considera sustentable.
Antes,
en el vecino estado de Rondônia, los hacendados “nos daban solo un año
para sacar la madera” de sus extensos predios, porque querían
deforestarlos pronto y liberarlos para el ganado o la siembra, dijo a
Tierramérica.
Algunos propietarios, considerando demasiado bajo
el precio de la madera, “preferían quemar todo el bosque” y destruir
incluso caobas y otros ejemplares de gran valor comercial, acotó. La
extracción de caoba, amenazada de extinción por la tala excesiva,
terminó prohibida. Otras especies también desaparecieron del mercado
legal.
Ese desperdicio obligaba a buscar madera de interés
comercial cada día más lejos, lamentó Zolinger. Ahora, a más de 1.300
kilómetros al oeste de su hogar en Vilhena, municipio del extremo
oriental de Rondônia, él, su padre y su hermano mayor participan en una
novedosa experiencia en Acre.
Antimary, oficializada como área de
conservación y aprovechamiento sustentable en 1997, es pionera en el
uso controlado de sus frutos, incluso los no madereros, como la castaña,
el caucho y varias semillas, adelantándose a la Ley de Concesiones
Forestales, que el Congreso legislativo aprobó en 2006 y que sólo en
2008 empezó a generar los primeros contratos de hasta 40 años.
A
la empresa familiar de los Zolinger le tocó extraer madera según el plan
de manejo de una selva de 47.000 hectáreas, bajo gestión de la
Secretaría Estadual Forestal de Acre. Este año pueden talar árboles
identificados con precisión en hasta 4.000 hectáreas.
También
tenían ese límite en 2009, pero sólo cubrieron poco más de la mitad,
pues cuentan con un equipo reducido de 12 trabajadores, además de los
tres patrones que también trabajan duro, y las lluvias se prolongaron
hasta comienzos de junio. Este año pudieron empezar la extracción en
mayo.
El trabajo debe concentrarse en el “verano” amazónico, los
cuatro o cinco meses en los que llueve poco. Cualquier lluvia impide el
transporte de los pesados troncos por caminos de tierra resbaladiza en
una superficie de cuestas y pendientes.
Un mapa detallado del
bosque identifica con números los árboles de especies comerciales y
tamaño adecuado. Pero no se puede tumbar aquéllos ubicados en la faja
azul, un área de preservación permanente de 30 metros de ancho a orillas
de los ríos y arroyos, explicó el padre, Oscar Zolinger, de 67 años,
que inició a su familia en el negocio maderero.
Esa faja
preservada podría reducirse a la mitad si prospera en el Congreso una
propuesta de revisión del Código Forestal a la que se opone el
movimiento ambientalista.
La medida aumentaría en 25 por ciento
la madera extraída en Antimary, porque permitiría talar “más árboles y
justo los de mejor calidad y más altos”, evaluó “Chico” Zolinger, el
hijo mayor. Él estima que la productividad actual de la selva es de
entre siete y ocho metros cúbicos de madera por hectárea, y llega hasta
10 metros en las mejores áreas.
La sumaúma (Ceiba pentandra), un
árbol enorme de madera blanca y crecimiento rápido conocido como ceiba y
palo santo en otros países, es la más aprovechada en Antimary, donde
también se cortan especies antes descartadas por su “bajo valor
comercial”, como el tauari (Couratari oblongifolia Ducke & R.
Knuth), pero que ahora tienen mercado ante la escasez de otras “más
nobles”, informó Chico Zolinger.
El manejo también obliga a
preservar grandes árboles para asegurar la buena herencia genética de
las especies. Pese a eso, hay expertos forestales escépticos sobre la
sustentabilidad del manejo a largo plazo, debido al deterioro genético
que causa la tala del mejor ejemplar de cada área.
Antimary es
una “experiencia única” en Brasil, su manejo es comunitario, pues la
explotación no se concede a una empresa sino a asociaciones de
pobladores del bosque, “de manera no onerosa”, y las ganancias de la
venta de madera se dividen entre las 56 familias residentes, explicó el
secretario estadual de Florestas, Carlos Duarte, conocido por el apodo
de “Resende”, nombre de su ciudad de origen.
Raimundo Tavares da
Silva, de 34 años y seis viviendo en el bosque, es uno de los
beneficiados, con su mujer y dos hijos pequeños, como miembros de una de
las tres asociaciones. El año pasado ganó 3.200 reales (1.850 dólares) y
en este ya recibió una primera parte de 2.172 reales (1.280 dólares).
Además,
cada familia dispone de 100 hectáreas de bosque donde cosechan castaña,
otros frutos y caucho, con el permiso de deforestar hasta 20 por ciento
de la superficie, al ritmo de una hectárea al año, para cultivar y
criar hasta 30 vacunos, explicó.
También cuentan con escuelas. Y,
lo mejor, la extracción maderera obligó a construir una carretera de
unos 30 kilómetros que --si bien de tierra convertida en fango cuando
llueve-- permite llegar a la pavimentada BR-364. “Antes llevaba nueve
días arribar a la ciudad más cercana” a pie, destacó Silva a
Tierramérica.
En Acre no hay “concesiones forestales privadas”,
observó Resende. Extender la experiencia de Antimary a los otros tres
bosques públicos estaduales existentes, y a otros dos por implantar,
exige capacitación previa de los pobladores y lograr que superen la
inseguridad alimentaria, para evitar que deforesten.
Acre tiene
88 por ciento de sus áreas boscosas preservadas, que ampliará con la
plantación de especies nativas y productivas, como la seringueira (el
árbol del caucho), la castaña y el açaí, una palmera de fruto muy
demandado, anunció.
El manejo forestal permitió multiplicar por
20 el valor patrimonial de los bosques nativos de Acre, que hace 12 años
era de solo 35 reales (20,50 dólares) por hectárea. Y eso es importante
para evitar la deforestación, concluyó Resende.
* Corresponsal de IPS